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  • Andrea Constanza Ferrari

La sentencia de un clásico. Sobre LIBROS, SECRETOS, de Jacobo Siruela, Editorial Atalanta.


Hace unas semanas fui a ver la obra de teatro que un amigo concluía después de meses en cartel. Su título, El asesino del sueño. Un nombre que me pareció maravilloso para un espectáculo que reproducía la no menos maravillosa Macbeth, de Shakespeare. Entre toda la intensidad de los diálogos confieso que tan sólo una frase fue la que permaneció en mi mente; aquel que dijeran las tenebrosas mujeres del más allá: lo bello es feo y lo feo es bello. Tal vez sea la amable convivencia que llevo hace algún tiempo con la obra de William Morris, que esas palabras invadieron mis pensamientos, y me hicieron preguntarme, como otras veces lo hiciere, por qué los seres humanos tratamos de complejizar aquello que se explica por sí mismo, y cómo, en todo ese laberinto racional, terminamos quitándole el brillo a lo que simplemente es.

Como si se tratase de una maravilla propia de la sincronicidad –y qué bien suenan esos dos conceptos juntos- por aquellos días llegó de visita a la Argentina una gran amiga que hace años habita las tierras de Iberia. Una buena oportunidad para hacerme de un libro difícil de encontrar por estos lares del sur. Así fue como Libros, Secretos se acomodó muy bien el primer día en un estante de la biblioteca, junto a otros lomos azules atalantinos, y pocas horas después, a la pila que anida en mi mesa de luz.

Hace algunos meses leí en la revista que publica los domingos el diario El País, un ensayo de Jacobo Siruela que hacía referencia a la obra de Masao Yamamoto. Me produjo una enorme satisfacción reencontrarme con una versión de este texto, ahora escoltada por otras bellísimas imágenes impresas, en el libro. Fue lo primero que leí. O releí. De esta manera hallé nuevamente frente a mí la ya referida frase de las brujas de Macbeth, toda ella acompañada de reflexiones que surgían del análisis de la obra del fotógrafo japonés, que intrépidamente con sus imágenes le dice a quien observa que la belleza es simplemente la naturaleza; y que él, como modesto –o no- mensajero de ella, intenta ilustrar, como escribiera Siruela, esa huidiza a la vez que profunda cualidad del universo. Tomando de referencia a Yamamoto es como el autor, despojado de cualquier complejidad superficial, se pregunta y se responde: “¿Qué es lo natural en estado originario? Pues, simple y llanamente, la belleza”. A pesar de que se encuentre vapuleada por el insistente científico-pragmático-destructor mundo moderno occidental.

Mi segunda lectura, que no respondía a ningún tipo de orden aparente, fue la del capítulo que trata sobre la vida de la escritora Valentine Penrose. Después de enterarme de la tortuosa y oscura historia que protagonizase Erzsébet Báthory, conocida como la condesa sangrienta, quien en el siglo XVI, para tratar de saciar el tedio y una vida basada en la represión, cometió las peores atrocidades; y de tratar de explicarme por qué una mujer como Penrose pudo convivir tantos años con esta historia habitando su vida, nuevamente me reencontré con la frase que se destaca en la trágica historia de Macbeth. Siruela dice sobre esto: “Lo infame nunca será bello (…) Lo que sucede es que la palabra belleza ha perdido todo vínculo con la fuentes, y desposeída de todo su sentido originario, anda extraviada a veces en la fealdad más trivial, que además tampoco revela nada profundo sobre el misterio del mal”.

Hoy, en sintonía con estas lecturas, pienso que la frase de Shakespeare, dicha como sentencia, posee la principal virtud de la belleza: la simplicidad. Con tan poco dice tanto que, soberbia pero dolorida, la naturaleza y esas pocas palabras, al unísono, le preguntan a la humanidad entera: ¿Qué es lo que, por siglos, llevan haciendo? ¿Cuál es el límite de ello? ¿Con qué finalidad? Si lo bello es feo y lo feo es bello qué le queda entonces a otros ideales como la búsqueda de la felicidad o de la vida en armonía, que indefectiblemente están enlazados con la belleza, y trabajan juntas contra la fealdad, el horror, y probablemente, aquello que desde el origen, provoca tanto pavor en los hombres: el miedo a la muerte; y qué le queda a tantos otros, que mareados ante las falsas concepciones de belleza, no encuentran consuelo ante otro tipo de miedo, acaso más sutil, que convive con aquel primigenio: el que eriza la piel de aquellos que responden con una duda a la pregunta por el sentido de la vida y de la muerte.

Sobre el autor.

Jacobo Siruela (Madrid, 1954) es quien crease muchos años atrás la editorial que lleva parte de su nombre (que completo es: Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, conde de Siruela). Pero por estos tiempos, y debido a la necesidad imperante de volver a editar por amor a los libros, dejó aquella para crear una nueva, esta vez más artesanal y pequeña, llamada Atalanta.

Si le preguntan –cosa que suele sucederle- por qué dejó atrás una editorial tan exitosa su respuesta es simple: para recuperar el tiempo para seleccionar y leer sosegadamente cada obra publicada. Y de esa manera, honrar como se debe a los autores y, claro, a sí mismo, hombre convencido, como William Morris, que el trabajo debe ser una fuente de placer cotidiano.

El espacio elegido para esta noble tarea, la naturaleza. En medio del bello Ampurdán, idea el catálogo y publica los títulos que después, encuadernados y azulinos visitan las librerías. Algunos de ellos, como El mundo bajo los párpados o Libros, Secretos, -obras de por sí recomendables- son de su autoría.

Lo acompaña en esta labor Inka Martí, la mujer con quien comparte vida y proyectos. Juntos forman esta editorial que tiene por principio hacer honor a la belleza como valor fundamental para la vida y conectarlo a uno –humilde lector- con su universo que, en definitiva, es el de todos aquellos que compartan su membresía en la República de las Letras.

Andrea Constanza Ferrari, febrero de 2016.


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