Al Pedín. Monarca del Río de la Plata, de Ral Veroni

October 9, 2018

 

Les proponemos una original interpretación de AL PEDÍN, MONARCA DEL RÍO DE LA PLATA, obra del vate porteño Ral Veroni que editamos en Toledo, España, y presentamos hace un año en Buenos Aires, Argentina. Su autora es Maricarmen Rodríguez, exégeta del Teatrito Rioplatense de Entidades (http://13entidades.blogspot.com/ ) y traductora del francés. 

 

 

 

 

Es siempre una alegría bienvenir un libro, tanto más cuando se trata de un chiquitín.

Y una de las cosas que me pregunté desde que me propusieron tan tierna tarea es por qué, de todas las Entidades Rioplatenses del Teatrito, que son trece, le cupo a Al Pedín el privilegio de ser coronado Monarca y protagonizar, en cierto sentido, estos poemas, que son trece, el primero de los cuales se abre en la página trece. Dicho esto, ¿qué es lo que hace tan especial a Al Pedín? Muchas cosas, muchas…

La primera –diría--, reside lisa y llanamente en su nombre propio. El nombre de la mayoría mínima de las entidades (siete de trece) se corresponde con el modo de nominación de los personajes alegóricos: un sustantivo solo, con mayúsculas, que representa una entidad o una idea abstracta, como Tiempo, Olvido, Destino, Miedo, Absurdo, Injusticia, Dolor. “Hueso” sería un poco diferente, porque la entidad no parece tan abstracta, pero aun así su materia se volatiliza en el camino de la metáfora. ¿Y qué pasa con la nominación de las otras cinco? Primero, claro, está la Idea de la Nada, a la que podríamos llamar Idea de la idea de la Nada, o hasta alegoría de una alegoría, que domina aunque esté en caída libre y lleva el peso simbólico de ser bandera del Teatrito, con el cero por emblema. De las cuatro que quedan, tres tienen un nombre propio con artículo, dos de las cuales remiten a una metáfora (La Flor por la belleza, La Llamita por el carácter), mientras que el artículo del nombre propio de la tercera entidad, El Tereso (adalid de los desechos), remite más bien al que se antepone a los nombres en los usos y costumbres barriales o populares. ¿Pero “Al Pedín”? El nombre es bastante singular. Podríamos pensar que algo tiene que ver con el árabe, donde “al” es el artículo determinado para todos los géneros (incluidos los que componen el grupo LGBT) y números, y también, en las nominaciones, lo que marca “de la familia de”. Pero eso huele a muy rebuscado: es irse demasiado lejos y apartarse del Teatrito Rioplatense de Entidades donde, como numen de las causas inútiles (es el único numen del TRE, categoría mayor que la de adalid, a la que pertenece El Tereso), remite, como bien sabemos, a la expresión “al pedo”, o al minúsculo pedo, por así decir.

Esa expresión me lleva de la nominación a la gramática: “al pedo” o “al pedín” son construcciones adverbiales, o sea que funcionan como adverbios, tristes adverbios, que no tienen el prestigio de la acción del verbo. Por cierto, y esto es más interesante, funcionaría como una construcción adverbial de modo, de tal modo que el nombre propio de “Al Pedín” sería un “modo”, lo cual no está tan mal. Digamos: “Al pedín” es un modo (no un modo de la sustancia, eso sería demasiado metafísico), y, por su lado sustantivo, o sustantivín, un vapor (se lo llama “el vaporoso”) o un “gas”, o sea que sería un estado. Es una buena conjunción: Un modo o un estado son cambiantes, algo que va bien con nuestro numen, y me voy guardando esta carta. Pero “Al Pedín” puede funcionar de otra manera, incluso más digna dentro de las categorías de la frase, porque el sustantivo “pedín” podría ser objeto directo (“huelo Al Pedín”, “busco Al Pedín”, “aguanto Al Pedín”), o bien indirecto (“le decimos Al Pedín que hoy hablamos de él”), y en tal caso, también, podría ser objeto de una dedicatoria: “Al Pedín, con mucho cariño”, que parece darle voz a la manito de un infans despidiendo a su pedín preferido. Y es cierto que suena a dedicatoria: Al Pedín se le dedicó este poemario, que es un poco como los romanceros que acompañan a los cantares de gesta, eligiendo un protagonista. En la gran gesta de las entidades se desprende Al Pedín, singular en su modo de estar y en su gusto por las causas inútiles, entre las cuales podrían encontrarse, si nos ponemos del lado utilitarista, el arte, la poesía, el dibujo, y tantas otras paparruchadas. Así dan ganas de dedicarle algo, ¿o no?

Pero claro, más allá de las construcciones gramaticales, Al Pedín se pone en situación de sujeto, porque habla. Hay unos cuantos poemas en que Al Pedín habla, en primera persona, aun cuando el título del poema esté en tercera. Por ejemplo: el poema “Al Pedín define su mundo” comienza por (subrayo siempre en bastardillas lo que destaco en la lectura oral):

 

Construyo un imperio concentrando mi energía en el Tiempo.

No importa qué hace el Destino, yo camino.

Es una cuestión de ritmo”

 

O bien, el poema siguiente: “Llega con música” (pág. 15)

 

Llego con música.

Cornetas, tambores, timbales,

Bombos peronistas, arpas paraguayas,

Globos multicolores anuncian

En fanfarria acumulada mi triunfo

 

Dejando de lado la conjunción de bombos peronistas con globos multicolores (el tema de la grieta está en otro poema), destaco en estos dos poemas “Es una cuestión de ritmo” y “Llego con música”. Y diría que, en primera persona, Al Pedín es un buen observador de sí mismo. O sea, vuelvo: Al Pedín se singulariza, primero, por su nombre propio (único iniciado en “Al” entre las entidades del teatrito), que le permite ser, o bien construcción adverbial de modo, o bien objeto directo o indirecto, como en el caso de la dedicatoria. Y este “o bien, o bien”, que en otros contextos impondría zanjar una alternativa, juega para nuestro numen coronado como un vaivén, uno de sus movimientos más frecuentes, que tiene además la gracia de la inestabilidad

 

 

 

del modo y del estado. Para que la singularización sea más nítida, es él el que se singulariza a sí mismo cuando habla en posición de sujeto (tácito, tal vez por su gaseoso estado) una vez coronado rey y al coronarse él mismo. Porque hay dos coronaciones: la del primer poema, “Geografía” (pág. 13), en que parece ser coronado cósmicamente, y la del tercero, “Llega con música” (pág. 15):

 

Una victoria rutilante al estilo del calor y la chicharra

Treintayocho grados a la sombra, sin brisa

Y junto a una tormenta estática me corono

Monarca del Río de la Plata (15)

 

Pero también con música, con ritmo, y habiendo llegado primero dibujado (pág. 12) es coronado cósmicamente en el primer poema, que parece responder, en sus dos estrofas, a dos movimientos musicales, ambos dominados por la rima (lo cual no es muy frecuente en el poemario): uno regular, con construcciones paralelas, grave, de introito, con repetición de un grave NO verso por medio (“La hondonada del NO”, por hondo ejemplo); el otro más irregular, con más juegos de lenguaje, más aliteraciones. Lo leo:

 

Geografía

 

Un arroyo de fuego. Un río de hielo.

El lago del Tiempo. Los pantanos del NO.

Un riachuelo negro. El Páramo del Hueso.

Un espejo de plata. La hondonada del NO.

Un monte de Dolor. Un puente de carbón.

Una ola de Miedo. El acantilado del NO.

La proa del deseo. Una cadena de ceros.

La luz de la Llamita. La ambición del NO.

La bahía del Tereso. El valle de una Flor.

La falla del Destino. El volcán del NO.

 

Un rey flota sobre el abismo del Olvido,

su corona de nube como único homenaje.

Desde la altura introduce el personaje

sutiles y delgadas gotas de esplín.

Entre humos y vapores se devela,

por la gracia del viento que tutela,

la fofa figura del fiel paladín.

Con un poco de bufón y escarapela,

defensor del sinsentido, Al Pedín.

 

Me cautivó el ritmo de este primer poema, por lo cual, en una primera lectura, me quedó flotando una música que me borraba la letra, como suele suceder con algunos poemas y con las tablas de multiplicar. En una segunda lectura me di cuenta de que casi todas las otras entidades del TRE estaban allí, más precisamente, nueve de esas entidades (Tiempo, Hueso, Dolor, Miedo, Llamita, El Tereso, el valle de una Flor, Destino y Olvido) que son TRE por TRE. Solo faltaban Absurdo (que es padre o dios, según el caso, de nuestro Al Pedín que lo imita con singular imitación, pero no le teme a su autoridad), Injusticia y Nada, que tendrían justamente un buen papel en los otros poemas: faltaban esas TRE entidades, que no parecían querer despedirse de nuestro héroe. En todo caso, queda claro que es de ese Teatrito (puesto en escena en especial en la primera estrofa), en que casi todos están en ronda, de donde se desprende Al Pedín se singulariza, y en ese primer poema casi todos lo están acompañando hasta que emerge, entre humos y vapores coronado, ilustrando con la palabra el dibujo que lo precede. Ese poema es un umbral (“soy espíritu del umbral”, dirá Al Pedín, en “Llega con música”, cuando se corona a sí mismo), y también lo es con menos intensidad el último, “La mitad” (pág. 32), en que lo acompañan ocho entidades, como si ya fuera tiempo de volver a cruzar el umbral y reasumir su lugar, entre Tiempo y Dolor, en la ronda del TRE. Del primer poema, de todos, se podría hacer una lectura más centrada en el Pensamiento (no sin Perplejidad) que apenas si pude iniciar…

 

Quiero retomar la cuestión del ritmo en otro sentido, en el sentido del vaivén que es propio del tan dinámico Al Pedín, citando dos poemas. Suele sucederle que está en el “o bien, o bien” y, en ese vaivén, o bien termina repartiéndose entre esos dos puntos, o bien, ni bien se instala en uno comienza a desear el otro… Todo con mucho movimiento:

 

¿Cómo se reparte entre un punto y otro?

Leo un poema (pág. 19) que milagrosamente está a la vanguardia del actual discurso circulante, por aquello de “la grieta”, que viene a sumarse a otras anticipaciones ya mencionadas, como los míticos bombos peronistas y los más nuevos globos con los que Al Pedín llegó a su trono, con todo.

 

Al Pedín construye un puente de carbón

 

Había una vez una grieta

que dividía a los buenos de los malos.

Los buenos de un lado miraban a los malos del otro

pero los malos observados se sentían, a su vez,

del lado bueno y concebían a los de enfrente

como muy malos.

 

Al Pedín encontraba esta situación de lo más absurda

y dispuesto a tener su opinión al respecto,

se propuso construir un puente entre lado y lado

para sentarse así en el justo centro,

auspicioso de expectativa,

con sus piernas colgando hacia el vacío.

 

Pero el puente se volvió el lugar más solitario del mundo.

Ninguno en el lado bueno quería, por obvias razones,

pasarse hacia el lado del error.

De modo que el puente tendido,

fiel a su dueño, se volvió inútil

en su constitución y existencia.

 

Al Pedín, inhábil de tomar partido,

o ecuánime por naturaleza,

decidió entonces repatriarse

con mucho de sí en cada lado,

en el lado malo y en el otro

 

Cabe observar que el Monarca tomó, efectivamente, una decisión, y que la decisión tomada es la de no decidirse por ninguno de ambos lados, algo que hubiera podido motivar el vaivén (de un lado al otro y del otro al uno, y así sucesivamente), de no existir otra solución que a Al Pedín, tal vez merced a las posibilidades que le brinda su condición gaseosa (a un sólido le hubiera costado más), le resulta más ecuánime: repartirse entre ambas partes sin partido tomar y dejando al tomar partido en el vaivén.

 

El hecho de que no tome partido puede indicar, por otra parte, que le provocan curiosidad y deseo tanto un lado como el otro: al fin y al cabo, Al Pedín es un inquieto. Y es así como en “Hazaña” (pág. 21), instalado en el “plato sano” de la Injusticia, se siente atraído por el “plato roto”: imagina la distancia que tiene que tomar, calcula, corre, salta, se encuentra con sus viejos compañeros en la base cenagosa  de los pies de la Injusticia (allí El Tereso es el único que está a sus anchas), se despide de ellos, trepa que trepa por la columna de la balanza, pasa al astil de plato roto, hace equilibrio en el eslabón que lo sostiene y llega, por fin, al plato de sus sueños. Pero… Pero…

 

[…] solo para sentirse realizado por un instante.

Ahora observa del otro lado el plato sano.

¿Por qué alguien querría alguna vez un plato roto?

¿Qué puede hacerlo más apetecible que la comodidad

y la belleza de uno entero?

Al Pedín encontró la situación tan injusta como absurda,

tan absurda como injusta.

Pero de igual modo, decepcionado y todo,

se aseguró que los de abajo

confirmaran con su imagen recortada en las alturas

el fruto de su hazaña.

 

Es de imaginar que ese instante triunfal le ha de durar poco, puesto que ya le apetece la comodidad y la belleza del plato entero: o bien allí se queda, o bien vuelve a saltar, a duplicar la hazaña, a completar el vaivén, “o bien, o bien” y “vaivén” que pueden ser también un movimiento sin fin. Numen de las causas inútiles, Al Pedín no tiene fin en el sentido de finalidad, y su movimiento puede parecer también un movimiento en zigzag o en espiral sin fin: de una causa inútil a la otra y a la otra y… Porque hay un sinfín de causas inútiles que llevan a situaciones tan absurdas como injustas, tan injustas como absurdas, un sinfín de causas inútiles que pueden ser el motor inmóvil de un movimiento sin fin.

 

Al Pedín “llega con música”, y también el vaivén “es una cuestión de ritmo”, un ritmo que empuja, que arrastra (“Mi fuerza me enseña a empujar, mi poder a arrastrar”, dice en “Al Pedín define su mundo”), incluso en el vaivén de los opuestos desatados, en busca de la luz que va también con su contrario, de la luz que a veces pierde cuando la noche gana, y otras veces pierde de tanto desearla. Y todo ese movimiento sin fin, en espiral, en zigzag, en un poema, “Luz” (pág. 23), que es una maravilla desde el punto de vista rítmico (p. 14):

 

Al Pedín quería viajar a través de un mundo transparente

pero su propia presencia ennublecía su derrotero.

Al Pedín iba con la noche, iba con la noche

y la cosa negra no lo abandonaba.

El uso de las frustraciones hace a la oportunidad

y la opacidad del entorno acumula el deseo.

 

Cansado de su oscuridad buscó ayuda

en la linterna del Absurdo.

Este, sin embargo, le regaló una colcha gruesa

y una noche extra, sin luna.

 

Al Pedín iba con la noche, iba con la noche

y la cosa negra no lo abandonaba.

Su dirección en espiral construyó un camino.

El zigzag de sus pasos apuntaló su personalidad.

 

En una ocasión, Al Pedín, encontró la luz de la casualidad

(de pedo, como quien dice).

Al Pedín va con la luz, va con la luz

pero la pierde de igual modo

los días que con ella

se obsesiona.

 

Uno pierde todo, es cierto, hasta el hilo del discurso, cuando se obsesiona.

 

Y así como la música le hace olvidar a uno a veces la letra del poema, la simpatía del personaje, la gesta, le hace olvidar que hay aquí una verdadera construcción poética, desde la estructura misma del libro, que apenas si pude atisbar (solo me referí al comienzo y al final, sin decir palabra sobre el bellísimo prólogo, y no tuve tiempo de detenerme en la secuencia), hasta el trabajo fino, en cada poema, entre el ritmo y el pensamiento. Entre la “Geografía” primera y un poema final que, lógicamente, se titula “La mitad”.

 

Y por eso es una gracia haber podido comentar un poquitín del opúsculo del minúsculo Al Pedín, que leeré de nuevo para mi solaz, con treintayocho grados a la sombra, como el momento en que Al Pedín se corona a sí mismo o en el poema “Duelo” (p. 27), en que otro yo tácito, que podría personificar la entidad del autor o del poeta, entra en duelo con Al Pedín, a lo Lejano Oeste, “a ver quien comete el primer acto inútil”.

 

Aquí he cometido el mío, en homenaje a los homenajeados… Y puedo decir con ellos…

 

[…] No nos importa si nos hundimos con la luz,

ni si los árboles borran con la copa

lo que nos queda de figura

 

 

 

 

 

 

                                                                    ***

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