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Una lectura de La triste figura de las batallas

Por Federico de Arce


El camino subía y bajaba: "Sube o baja

 según se va o se viene. Para el que va, sube;

 para él que viene, baja."

Pedro Páramo, Juan Rulfo




Ordet fue el primer libro que leí de Pilar Martín Gila. Compro todo lo que edita Edmundo Garrido, pero habría comprado este poemario solo por el nombre, que remite a la película homónima de Carl Theodor Dreyer, bellísimo poema en blanco y negro. No en vano Ordet significa la palabra.

Dreyer partía en su película de un guión adaptado de una obra teatral de Kaj Munk. El poema de Pilar revela el negativo del negativo, poema sobre un poema, entre los dictados de la fe y la razón la palabra poética no nos pide en su extrañamiento que creamos en nada, porque la palabra no estuvo en el principio / ni tiene la virtud de la claridad ni deja nada, / la niebla, la somnolencia, al descubierto.

Acertadamente Juan Carlos Suñén ha dicho: (y bien podemos aquí olvidarnos de Dreyer) es catalizador: mueve a reacción, a cambio. El discurso despierta de verdad, no a la verdad. ¿No es ya resucitar saberse el alma del muerto, reconciliarse con él?

Narradora subterránea, Pilar Martín Gila entra y sale del sueño con la misma facilidad que la música. Es esta, creo, una característica de su escritura. Otra, la subversión del horizonte de expectativas de lo que hemos dado en llamar  artes y géneros. Al escribir Pilar parece que canta. Si canta parece que pinta. Si pinta parece que narra. Si narra esculpe el tiempo.

Después el mundo se quedó sobre el mundo, todas las canciones se encerraron en sí mismas, y el bosque, la noche, la hojarasca comenzaron a parecerme iguales a su palabra más apartada. Así empieza el Tránsito del libro En otro año del mundo,  que me llevó a releer de inmediato el poema de Djuna Barnes, El bosque de la noche. Conforme me fui adentrando, la voz de los viejos poetas chinos, sobre todo la magia del último maestro taoísta, Franz Kafka, me acompañó entre el miedo de los animales. Del camino ha vuelto el camino, no sé si me he convertido en ese loco que ha encontrado los ruidos del mundo y está llamando a todas las puertas.

Así despunto la mañana

El camino desde el camino. Su forma de no volver. Así despuntaba el día.

El poeta y músico Ildefonso Rodríguez leyó en Otro año del mundo los dos ejes de este relato, como dos cintas sin fin, dos hologramas complementarios, el primero la balada que sigue el motivo mismo de la balada de Goethe Der Erlkönig, El rey de los elfos, y ya al final del libro la aparición inesperada de la cerillera, el cuento de Andersen, pero también la chica de la fábrica de cerillas de Kaurismäki. Si no muere de frío la cerillera, tendrá que incendiar todo lo que soñaba. Si no muere de frío la cerillera, tendrá que incendiar lo que la adormece.

Confío en que no encienda esa cerilla / a la vez confío en que la encienda / y sus chasquido traspase las pareces. Pilar, trasunto de la cerillera, la ha encendido. El argumento del cuento de Andersen creo que es de sobra conocido.  Alguien nos va a encontrar alguna vez muertos. Espero llevar una caja de cerillas en el bolsillo, y estoy seguro de que veré venir a mi abuela, en realidad, mi madre. Río por donde vuelve el tiempo su imagen cóncava, y espero, glosando a Pilar, sobrevivir a esta esperanza.

Muchas son las voces de los ecos en la escritura de Pilar Martín Gila. No creo que se trate de meras intertextualidades, sino de una reescritura que da lugar a pasajes. Escuchar desde dentro, eso hacemos nosotros aquí,  atracar y dejarnos atracar por los salteadores de caminos, pasa la mitad del camino, ante la puerta, durante la noche. Más tarde, pasará la otra mitad, de regreso.

El camino de vuelta de La cerillera nos lleva a la ópera Das Mädchen mit den Schwefelhölzern, en la que el compositor Helmut Lachenmann puso la caja de fósforos en las manos de Gudrun Ensslin, una de las fundadoras del grupo terrorista RAF, siglas en alemán de la Fracción del Ejército Rojo. Pienso que si esa niña inocente no hubiera muerto, de mayor hubiera podido ser alguien como Gudrun,  dijo Lachenmann. Yo creo que La niña del bosque de azufre se llama Pilar Martín Gila. Han secuestrado el avión de Landshut.

He hablado de la trilogía formada por Ordet, Otro año del mundo y La cerillera. En los poemarios Demonios y leyes y Para no morir ahora encontrará el lector las claves para entrar y salir de La triste figura de las batallas. Cuanto esfuerzo para poner cada cosa en su lugar.

Escribo estas líneas mientras escucho la música de Sergio Blardony y la voz de Pilar. Sueña el río, mientras espero que el Angelus Novus, el ángel de la historia, el ángel de Klee y el de Benjamin, vuelva la cabeza y restituya la ruina a la ruina.








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