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FRANKENSTEIN: CIENCIA, BUROCRACIA Y POESIA A 202 AÑOS DE LA PROFECIA

Actualizado: feb 16

Este libro es el resultado de una charla interminable entre dos amigos: Eduardo Wolovelsky y Tomás García Lavín; y empezó a escribirse en 2017, en los albores del bicentenario de la primera edición de Frankenstein de Mary Shelley.

Entre el comienzo del proyecto y la edición pasó mucho tiempo, y pasaron muchas cosas. Sin embargo, los autores -uno ya radicado en Europa y otro firme en el corazón de Buenos Aires- nunca abandonaron sus intenciones. Con los meses se sumó al proyecto Sergio Langer, quien aporta con sus ilustraciones una visión original de diversos pasajes del ensayo.

FRANKENSTEIN: Ciencia, burocracia y poesía... vio la luz a fines del oscuro año 2020 en una edición de pequenísima tirada hecha por el sello Mochuelo libros. Y pronto será confeccionado artesanalmente por la misma editorial.

En Frankenstein, la creatura, Eduardo Wolovelsky, demuestra la capacidad de las grandes ideas del arte y la ficción para propiciar el debate intelectual. Y la propuesta de Mary Shelley es un gran aliciente para que alguien como él, de vasta formación científica y a la vez férreo defensor del humanismo, se plantee dilemas éticos cruciales en una época tan decisiva como la que nos toca atravesar.

En Frankenstein, de Mary Shelley:Poesía y burocracia, Tomás García Lavín se pregunta porqué esa novela, ya un clásico de la cultura occidental, podría ser considerada un mito; y, en tal caso, cuáles podrían ser las condiciones para que una obra de arte persista en la colectividad humana, que la reinterpreta constantemente hasta llegar a tomarla como propia; y que se sirve de ella para analizar los grandes temas que la aquejan. Y para volver preguntarse por los enigmas que siempre le intrigaron.

A continuación, algunas de las ideas expuestas en ambas parte del libro.

Acerca de Frankenstein, la creatura (E.W.)

“Pareciera ser —dijo— que la elección es entre dos pecados. Negarle al mundo una luz que está en nuestras manos o iluminar al mundo antes de tiempo”. Esta frase de Rudyard Kipling abre el texto, y bien podría ser usada para extractar mucho de lo que su autor indaga; nos pone ante un dilema de dimensiones históricas, pero crucial hoy en día: ¿Hasta dónde debemos conocer? ¿Es lícito hacer todo lo que podríamos hacer si “todo” implica una innovación científica? Obviamente, la creación de vida por parte de Víctor Frankenstein es un ejemplo arquetípico del daño que pueden traer aparejado nuestras intenciones de jugar a ser dios; por haber creado un monstruo murió mucha gente a la que el científico amaba, y su vida tuvo un cambio atroz, irreversible.

Leyendo a E. Wolovelsky, y gracias a la claridad de su pluma, uno llega a entender cómo opera en nosotros el arte cuando, lejos de representar los fuegos de artificio del pasatiempo, se nos presenta como un código para interpretar nuestros dilemas. En los cuales, y a diferencia de la creación cultural ideologizada y pedagógica en el peor sentido, no hay respuestas altisonantes y definitivas: ¿Hasta dónde debemos conocer en… medicina? El autor da cuenta de los avances -y críticas desde la fe o la moral- que significaron los primeros trasplantes de corazón. Hoy, en general, nos parece un logro indiscutible, una solución a miles de muertes “evitables”. Pero, ¿hasta qué punto podemos dar alas a la medicina sin que ella cambie al ser humano? Dicho de un modo más literario: ¿No tenía Víctor Frankenstein las mejores intenciones? ¿De qué vale tanta innovación si el cambio producido puede ser, como en la novela, irreversible?

Como toda obra honesta -que no son tantas-, E. Wolovelsky no se propone hacer uso de la formación por imposición, sino que nos incita al ejercicio de una forma libre de pensar. Y así, por ejemplo, en Frankenstein, la creatura, nos sugiere preguntarnos, sobre todo en días donde prima “el discurso científico” -que, por cierto, nunca fue unívoco-, si los intentos de dar soluciones a los temas cruciales de las sociedades actuales no deberían ser protagonizados por personas con intereses y formaciones múltiples, y no únicamente por “aquellos que buscan aliviar el dolor y el sufrimiento”; y que lo hacen a sabiendas de que una de las posibilidades es que al fin y al cabo haya que “habitar con fantasmas de mártires”.

Acerca de Frankenstein, de Mary Shelley:Poesía y burocracia (T.G.L.)

Este ensayo propone una indagación poética del contenido de Frankenstein, estableciendo una diferencia entre ella y los abordajes de naturaleza burocrática; donde no primaría la imaginación, y el uso la historia de la cultura sería una mera ostentación de la capacidad, tan celebrada, de acumulación de datos. Con el grisáceo aliciente de que las casas de estudio fomentarían, gracias a una amalgama de ideologización y chatura, la redacción de trabajos insípidos. Los cuales, por más que partiesen de grandes ideas, potencialmente infinitas, terminarían pareciéndose en su carencia: el deseo de complacer a la época hiere todo lo posible; lo ignora.

Sus objetivos son varios y, a su vez, gozan de la amplitud que otorga la metáfora. De ese modo, la recordada novela de Mary Shelley puede ser vista como el comienzo de una reflexión en torno de los temas que siempre han alimentado religiones y filosofías a lo largo de las épocas y las geografías.

Y Frankenstein, de Mary Shelley: Poesía y burocracia busca indagar, además, sobre la condición del artista. El cual, según postula el autor -recurriendo a conceptos de Joseph Campbell, C.G. Jung o Rafael Argullol-, sólo merece ese mote cuando la creación es genuina y se enlaza tanto con el pasado y la naturaleza como para permitir preguntarnos si la obra no es, al fin y al cabo, obra de la mano de la humanidad.


Este libro tiene una edición artesanal: consulta por ella



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